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Lo rentable de la angustia

03 Feb

“Creía mi alma inservible
pero era cansancio vulgar nada más”
Silvio Rodríguez.

El primer milagro de Cristo fue convertir el agua en vino. Esto lo dice más de un borracho para justificar su adicción al alcohol. ¿Pero, cuándo el vino pasa de ser un elemento acompañante de la fiesta para convertirse en una enfermedad social?. Ya no se consume licor por la fiesta, sino que se inventa la fiesta por la necesidad orgánica de consumirlo. Basta observar la gran borrachera en que se convierte este país los fines de semana para comprobar los grandes beneficios económicos logrados por la industria del alcohol. La bebida es problemática para el funcionamiento social, pero el propio sistema ha desarrollado métodos de control. En el mayor de los casos, el borracho se abstiene de embriagarse cuando tiene que trabajar, pues debe ganar el dinero necesario para seguir emborrachándose, al menos que pase de largo. En fin, la demanda está asegurada, ya que cada cual necesita su dosis diaria o eventual de aguardiente para poder incorporarse satisfactoriamente al aparato productivo.

La industria asesina del cigarrillo provoca en la “paz” más muertos diarios y silenciosos que cualquier guerra. La demanda se mantiene y crece. De cada diez fumadores que deciden dejar de fumar sólo lo logran dos (uno de ellos cuando ya es muy tarde para aminorar los daños irreversibles) y cada día se incorporan más niños y jóvenes a uno de los vicios legales más funestos de la humanidad. El cigarrillo es aceptado a pesar de su mortalidad, incluso más que el tabaco de mascar, forma de consumo campesina mucho menos dañina, pero mal vista debido a la escupidera, mayormente en la ciudad donde ya queda poca tierra para escupir. Contrario al alcohol, el cigarrillo, no afecta al capitalismo en cuanto al funcionamiento del aparato productivo. Un trabajador borracho es un problema, pero un fumador, al menos que trabaje con combustible, labora hasta los límites del cáncer con un cigarro en la boca.

La industria farmacéutica no sólo multiplica sus ganancias con la gripe y el cáncer que no está dispuesta a curar jamás, sino con la enfermedad psíquica del momento, el estrés. La venta de tranquilizantes y pastillas para dormir, cada vez son mayores. La pastilla es el final de la fiesta, es una borrachera sin pasar por la euforia. Ella no subvierte nada, simplemente te duerme para que después vayas a trabajar algo tranquilo.

Cuando no es el mismo trabajo que se asume como evasión sin pensar a donde desemboca el esfuerzo.

La industria capitalista de la alimentación ha deformado la comida en vicio más allá de su función vital como proveedora de energía. La ha manipulado añadiendo sustancias químicas para la dependencia. En esa pornográfica canallada, no les ha importado enfermar y manipular mediáticamente a los niños, los cuales hoy son grandes adictos al azúcar, a la sal y otras sustancias toxicas añadidas a los alimentos maniobrados con el objeto de causar adicción. La comida te serena al frente del televisor (otra salida a la angustia), el cual te vende el alimento mientras te engorda para después maldecir haciendo dietas o deportes.

El deporte, al igual que la música se origina en el placer de jugar, luego por la guerra se transfigura en competencia y ahora en un buen mecanismo para aliviar estados de ánimo. Diferente a las otras drogas es más sano y te permite cumplir saludablemente con la mentira y así vivir más en la porquería. Sin señalar aquí que las dietas y el gimnasio se han constituido en negocio y tortura para exhibir los músculos como parte de una estética del cuerpo impuesta por una sociedad que no ha asumido la alimentación y el deporte como un problema de salud pública.

La religión, el consuelo de tus tragedias para cumplir las maldiciones del mundo con la esperanza egoísta de la promesa celestial.

Las drogas ilegales un problema para los empresarios legales simplemente porque no controlan el mercado.

La angustia no es más que la consecuencia de un modelo social que se ha esgrimido como salvador de la humanidad atentando reiteradamente contra ella. Es la respuesta del cuerpo y de la mente del sujeto que no consigue en su entorno las claves incontaminadas que le digan que vale la pena vivir. Todo consiste en trabajar más para consumir mucho más la intranscendencia en una sociedad que convirtió en negocio hasta su propia mierda.

Entre la tierra
y las nubes
se han equilibrado mis vicios
lo que falta es que ahora
me haga adicto
al vértigo

Gino González

 

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